miércoles, 21 de septiembre de 2016

A PROPÓSITO DEL AHORRO Y LA INVERSIÓN EN KEYNES



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Es patente que a la hora de intentar aprehender con ansia viva los conceptos que son introducidos a nosotros por nuestra profesora en materia de teoría keynesiana, sentimientos de frustración pueden hacer su aparición en razón de la complejidad que el célebre economista ha impreso a sus tesis, pero también es cierto que ya se nos había advertido, así que no queda otro camino más acertado que continuar firmes en la empresa de indagar las ideas keynesianas para hacer de ellas un medio hacia la meta de ser economistas integrales. En este sentido, a continuación trataré de elaborar un breve recuento de los conceptos claves que hemos estado estudiando sin intención de mostrarme repelente ante las críticas porque, como ya lo he mencionado, el proceso no ha sido fácil y como todos, tengo derecho a equivocarme. Afortunadamente, no hay espacio más oportuno que este para mejorar y pulirnos a través de la estrategia del interaprendizaje, sobretodo porque el respeto se ha constituido como el factor de primer orden en nuestras interacciones académicas y debemos sentirnos orgullosos de ello.
Respecto al tema central, he de atreverme a decir que, en mi juicio, la teoría keynesiana alrededor de los conceptos de ahorro e inversión puede sintetizarse más o menos como sigue: El consumo crece en paralelo con el ingreso, pero no en igual proporción. Por tal razón, se ahorra una porción creciente del ingreso. La falta de consumo se constituye entonces como  un reflejo de una ocupación insuficiente provocada por la falta de inversión; misma que debería ser suministrada por algún poder supremo, o sea el Estado. Por medio de la puesta en marcha de diversas reformas monetarias con las que se asegure el descenso en las tasas de interés, el Estado debería fomentar nuevas inversiones; y en segundo lugar, emprendiendo obras públicas, podría convencer al capital privado para que haga inversión también. Tal aumento en la inversión acrecería, según Keynes, la ocupación y, en consecuencia, incrementaría el nivel de consumo. Así el consumo se desenvolvería en debida proporción con el creciente ingreso, a la par que permitiría un adecuado restante que podría destinarse a nuevas inversiones. Para establecer semejante equilibrio, el Estado debe intervenir obligatoriamente. De tal manera, se daría solución a las contradicciones del sistema capitalista, y a los problemas de desempleo y demás crisis.
Ahora bien, en Keynes se define el ahorro como idéntico a la inversión. La cosa es que esta ecuación, que es la base de dicho sistema, goza de tantas interpretaciones como adeptos tiene el mismo Keynes. Hay quienes aseveran que para la sociedad no puede haber ningún excedente de ahorro sobre la inversión, ni de la inversión sobre el ahorro. Mientras que otras interpretaciones afirman que en no invertir todo lo que está ahorrado radica precisamente la dificultad principal, lo que indica claramente que sí hay excedentes de ahorro sobre la inversión. En el primer caso, los keynesianos afirman que el ahorro debería ser igual a la inversión. Pero, si la dificultad radica más bien en la insuficiencia de inversión, como dicen los otros, ¿cuál será la fuente de esos fondos adicionales de capital? Si revisamos pues, la postura de los keynesianos que están en desacuerdo con el mismo Keynes en su énfasis sobre la inversión insuficiente, y si destacamos la falta de consumo como causa de los males del sistema económico, lo lógico sería que sobreviniera la dificultad original como insuficiente inversión. Así, se evidencia que si se consumiera más y por tanto se ahorrara menos, no existiría dicha fuente de inversión adicional.
A mayor abundamiento, Keynes no llega a diferenciar entre ahorro individual y ahorro corporativo. Es visible que no todos los ahorros de individuos son ahorros reales, porque hay una parte que representa dinero que por el momento está siendo ahorrado con fines de consumo individual en fecha posterior. Esto no quiere decir que Keynes no haya reconocido este consumo “diferido”, sin embargo, deja de reconocer el hecho de que los banqueros indiscriminadamente utilizan como capital de inversión todos los depósitos, incluyendo la porción que representa un simple consumo diferido. Esto da lugar a muchas complejidades, entre las cuales no es la menor la suma cada vez más creciente de capital “ficticio”, resultante del crédito incrementado que emana de los progresivos depósitos individuales. En esta cuestión del ahorro real, también es de resaltar la crítica de Marx que desaprueba que el ahorro sea fruto de la abstinencia por parte de los capitalistas y que el interés y la ganancia no son sino la “recompensa” que les corresponde por haber ahorrado en vez de haber consumido.

Si por ahorro ha de entenderse, pues, “acumulación de capital potencial”, no sería correcto llamar a eso ahorro, sino, principalmente, actuación de las corporaciones, no propiamente de los individuos. Si confundimos los actos de los monopolios conlos de las pequeñas empresas, o peor aún, con los actos de los individuos, el resultado será oscurecer el problema y ocultar las verdaderas relaciones sociales, como diría el buen Marx, se blanquearían los antagonismos de clase, y a su vez se haría de toda persona que contase con el ahorro de unos cuantos dólares, ¡un capitalista!

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