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Es
patente que a la hora de intentar aprehender con ansia viva los conceptos que
son introducidos a nosotros por nuestra profesora en materia de teoría
keynesiana, sentimientos de frustración pueden hacer su aparición en razón de
la complejidad que el célebre economista ha impreso a sus tesis, pero también
es cierto que ya se nos había advertido, así que no queda otro camino más
acertado que continuar firmes en la empresa de indagar las ideas keynesianas
para hacer de ellas un medio hacia la meta de ser economistas integrales. En
este sentido, a continuación trataré de elaborar un breve recuento de los
conceptos claves que hemos estado estudiando sin intención de mostrarme
repelente ante las críticas porque, como ya lo he mencionado, el proceso no ha
sido fácil y como todos, tengo derecho a equivocarme. Afortunadamente, no hay
espacio más oportuno que este para mejorar y pulirnos a través de la estrategia
del interaprendizaje, sobretodo porque el respeto se ha constituido como el
factor de primer orden en nuestras interacciones académicas y debemos sentirnos
orgullosos de ello.
Respecto
al tema central, he de atreverme a decir que, en mi juicio, la teoría
keynesiana alrededor de los conceptos de ahorro e inversión puede sintetizarse
más o menos como sigue: El consumo crece en paralelo con el ingreso, pero no en
igual proporción. Por tal razón, se ahorra una porción creciente del ingreso.
La falta de consumo se constituye entonces como
un reflejo de una ocupación insuficiente provocada por la falta de
inversión; misma que debería ser suministrada por algún poder supremo, o sea el
Estado. Por medio de la puesta en marcha de diversas reformas monetarias con
las que se asegure el descenso en las tasas de interés, el Estado debería
fomentar nuevas inversiones; y en segundo lugar, emprendiendo obras públicas,
podría convencer al capital privado para que haga inversión también. Tal
aumento en la inversión acrecería, según Keynes, la ocupación y, en
consecuencia, incrementaría el nivel de consumo. Así el consumo se desenvolvería
en debida proporción con el creciente ingreso, a la par que permitiría un
adecuado restante que podría destinarse a nuevas inversiones. Para establecer
semejante equilibrio, el Estado debe intervenir obligatoriamente. De tal
manera, se daría solución a las contradicciones del sistema capitalista, y a
los problemas de desempleo y demás crisis.
Ahora
bien, en Keynes se define el ahorro como idéntico a la inversión. La cosa es
que esta ecuación, que es la base de dicho sistema, goza de tantas interpretaciones
como adeptos tiene el mismo Keynes. Hay quienes aseveran que para la sociedad
no puede haber ningún excedente de ahorro sobre la inversión, ni de la
inversión sobre el ahorro. Mientras que otras interpretaciones afirman que en
no invertir todo lo que está ahorrado radica precisamente la dificultad
principal, lo que indica claramente que sí hay excedentes de ahorro sobre la
inversión. En el primer caso, los keynesianos afirman que el ahorro debería ser
igual a la inversión. Pero, si la dificultad radica más bien en la
insuficiencia de inversión, como dicen los otros, ¿cuál será la fuente de esos
fondos adicionales de capital? Si revisamos pues, la postura de los keynesianos
que están en desacuerdo con el mismo Keynes en su énfasis sobre la inversión
insuficiente, y si destacamos la falta de consumo como causa de los males del
sistema económico, lo lógico sería que sobreviniera la dificultad original como
insuficiente inversión. Así, se evidencia que si se consumiera más y por tanto
se ahorrara menos, no existiría dicha fuente de inversión adicional.
A
mayor abundamiento, Keynes no llega a diferenciar entre ahorro individual y
ahorro corporativo. Es visible que no todos los ahorros de individuos son
ahorros reales, porque hay una parte que representa dinero que por el momento
está siendo ahorrado con fines de consumo individual en fecha posterior. Esto
no quiere decir que Keynes no haya reconocido este consumo “diferido”, sin
embargo, deja de reconocer el hecho de que los banqueros indiscriminadamente utilizan
como capital de inversión todos los depósitos, incluyendo la porción que
representa un simple consumo diferido. Esto da lugar a muchas complejidades,
entre las cuales no es la menor la suma cada vez más creciente de capital
“ficticio”, resultante del crédito incrementado que emana de los progresivos
depósitos individuales. En esta cuestión del ahorro real, también es de
resaltar la crítica de Marx que desaprueba que el ahorro sea fruto de la
abstinencia por parte de los capitalistas y que el interés y la ganancia no son
sino la “recompensa” que les corresponde por haber ahorrado en vez de haber
consumido.
Si
por ahorro ha de entenderse, pues, “acumulación de capital potencial”, no sería
correcto llamar a eso ahorro, sino, principalmente, actuación de las
corporaciones, no propiamente de los individuos. Si confundimos los actos de
los monopolios conlos de las pequeñas empresas, o peor aún, con los actos de
los individuos, el resultado será oscurecer el problema y ocultar las
verdaderas relaciones sociales, como diría el buen Marx, se blanquearían los
antagonismos de clase, y a su vez se haría de toda persona que contase con el
ahorro de unos cuantos dólares, ¡un capitalista!
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