El conocimiento que hemos
adquirido a lo largo de los siglos, indiscutiblemente, ha mejorado la manera en
que manejamos nuestras economías; nos hemos hecho más ricos, más saludables,
más longevos, más capaces, -y en algunos casos- podemos acceder a mayores
oportunidades de las que nuestros antepasados podrían imaginar.
Si acudimos a la historia,
seremos capaces de observar que cada época estuvo marcada por alguna ruptura
ideológica, política, social o económica y que a partir de ahí, se desencadenó
una serie de cambios trascendentales cuyos resultados permearon a la sociedad
en su conjunto beneficiando a unos o perjudicando a otros. Éstas dinámicas,
estos cambios de paradigmas, son los que eliminan el componente de simplicidad
inmerso en algunas teorías científicas y sociales, y hace más complejo el
apartado del comportamiento humano y todo lo que provenga de éste. Tomando en cuenta lo anterior, las ciencias
-al igual que lo ha hecho la sociedad- han continuado avanzando y también han agregado
más elementos a su marco conceptual, se han venido modificado y complejizando con
el objeto de responder a la mayoría de las problemáticas que envuelven el mundo
contemporáneo o las diferentes coyunturas pasadas, presentes o futuras.
Estructuras sociales que se
vuelven cada vez más complejas (la típica humanidad que con el paso de los años
es permeada por todo tipo de externalidades), del mismo modo son más difíciles
de estudiar y en muchos casos las hipótesis planteadas en tiempos clásicos o incluso
las contemporáneas resultan insuficientes para tratar de explicar la realidad
que se vive en una sociedad o para continuar con el desarrollo que la misma viene
trayendo.
Durante el siglo, XVII y XX en
el apartado matemático al igual que en el económico respectivamente se
presentaron unas situaciones que hicieron posible el avance de conocimientos
necesarios para que tengamos el mundo que hoy conocemos. Por ejemplo, se hizo
necesaria la aparición del cálculo para estudiar matemáticamente todos los
fenómenos que cambian en el tiempo y los que dependen de una o más variables,
esto marcó un nuevo avance científico que en gran medida se le atribuye a
Newton quien “descubrió” el cálculo tratando de explicar por qué las orbitas de
los planetas son elipses y no círculos, además de obtener fórmulas para
encontrar los planetas en el espacio en cualquier momento. Algo parecido
sucedió en el apartado económico a lo largo del siglo XX, así como la caída del
muro de Berlín junto con la de la Unión Soviética dejaron en claro que la
economía de mercado (una economía que asigna sus recursos mediante las
decisiones descentralizadas de numerosos hogares y empresas) era la mejor forma
de dirigir un país, de hacerlo próspero y de mantener a sus ciudadanos
contentos ya que el capitalismo es inherentemente democrático, más eficiente,
“saludable” y llevadero; los argumentos de John Maynard Keynes contra los de
Milton Friedman -el combate económico del siglo-, complementaron y sacaron a
flote la insuficiencia de la teoría económica en diversos apartados prácticos
y, a modo de revolución Keynes, Milton y Hayek estuvieron al mando del
pensamiento económico del siglo XX cuyo desarrollo lo miraremos de manera
resumida a partir del siguiente párrafo.
“Las
ideas de los economistas y filósofos políticos tanto cuando son acertadas como
cuando están equivocadas, son más poderosas de lo que comúnmente se cree. De
hecho, el mundo apenas se rige por otra cosa. Los hombres prácticos, que se
creen exentos por completo de cualquier influencia intelectual, son
generalmente esclavos de algún economista difunto.” -John Maynard Keynes
Hasta la Gran Depresión se
daba por sentado que la economía se autorregulaba “sola” en gran medida, y que
la mano invisible, por sus propios medios automáticamente aumentaría el empleo
y la producción hasta sus niveles óptimos, teoría que resulto ser totalmente
incapaz de manejar o dar respuesta a lo que estaba ocurriendo en ese momento;
bancarrota de muchas empresas, bancos, familias y pobreza inminente, el cierre
de múltiples fábricas, desempleo por las nubes, entre otros, todo ocasionado
por la crisis de 1929. Son situaciones graves que parecían no tener un pare.
Sin embargo, todo cambio comienza con un intento pequeño y en 1936 aparece el
libro que hoy conocemos como “La Teoría general de la ocupación, el interés y
el dinero” cuyo origen puede decirse, fue una respuesta directa a la Gran
Depresión, una respuesta a esas dinámicas nuevas que enfrentaba la teoría
económica y a una “revolución” ideológica porque como ya lo decía John Maynard
Keynes autor de este libro -quien fue uno de esos raros economistas que tuvo la
oportunidad de poner sus ideas en práctica- “si la economía ortodoxa esta en desgracia, la razón debe buscarse en la
falta de claridad y generalidad de sus premisas.”
El libro mencionado
anteriormente sostuvo que los gobiernos tenían un deber, uno que hasta entonces
habían soslayado debido a la ausencia de esto en la teoría económica: ayudar a
mantener la economía a flote en tiempos de crisis. Además, se convierte en el
pilar y punto de partida del keynesianismo, un movimiento donde la idea de que
la política fiscal (los impuestos y el gasto público) deben usarse como
herramienta para controlar la economía. Fue una teoría dominante desde su
salida hasta la década de los 70´s cuando las naciones occidentales tuvieron
que batallar contra la inflación y nuevamente traída a colación durante otra
crisis: la del 2008 donde los gobiernos de todo el mundo nuevamente
incrementaron el gasto público y recuperaron las ideas de Keynes. Como todo lo
que en un principio funciona, se tiende a adoptar en cualquier parte y en la
mayoría de los casos los alcances y los espacios -en este caso de las teorías-
se exageran y llegan a un punto donde se desbordan y caen por su propio peso.
Esto fue precisamente lo que ocurrió tiempo después de que el keynesianismo se
difundiera en el mundo, las políticas aplicadas con base en la teorías
keynesianas empezaron a salirse del contexto del que la hipótesis trataba y la
intervención del gobierno se hacía cada vez mayor, dificultando así una
dinámica económica saludable y propensa a recibir críticas de un nuevo
movimiento: el monetarismo.
El monetarismo nace a partir
de la reflexión y análisis de las situaciones que vivían los países con un alto
grado de intervención estatal, el monetarismo a diferencia del Keynesianismo le
prestaba mucha más atención al control y emisión de dinero para manejar la
inflación que al desempleo y los ciclos naturales de auge y crisis de la
economía. Permeado por las ideas de Hayek, el estudiante de la Universidad de
Chicago, Milton Friedman, en su obra “Una historia monetaria de Estados
Unidos”, lo que básicamente hace es afirmar que al momento de inyectar dinero
extra en el sistema económico (tal como lo hacían los keynesianos) los
gobiernos hacían crecer la inflación, con lo que corrían el riesgo de causar un
mayor daño en la economía. Durante la década de los 80´s los gobiernos de
Thatcher y Reagan adoptan las ideas de Friedman a ambos lados del atlántico y
logran romper el paradigma de las ideas intervencionistas del estado. De esta
manera Hayek y Friedman lograron ver que sus ideas habían tenido éxito y
estaban en lo correcto desde hacía mucho tiempo.
Podemos ver entonces que esta
cadena de acontecimientos provocó el crecimiento del apartado teórico- económico,
las ideas pudieron gozar de gran debate y aplicabilidad. Si bien es cierto
tanto el keynesianismo como el monetarismo son ideas muy buenas -pero no
excelentes- cada una está destinada a cumplir un rol fundamental en
determinados momentos. No se puede vivir radicalmente de una sola teoría, no,
la historia nuevamente nos revela que la adopción de diferentes argumentos
frente a una situación determinada enriquece el desarrollo y favorece el
resultado. Es por esto que me parece bueno aclarar que a lo largo del siglo XX
la teoría económica sufrió cambios, cambios para bien, para encaminar las
economías de los países hacia un rumbo mejor y más estable gracias a todo el
conglomerado ideológico que se desarrolló en este siglo.
¿Cuál fue entonces el
desenlace de esta confrontación?, pues bien, como suele ocurrir en las disputas
de grandes intelectuales; un empate. ¿Por qué? Pues porque aunque las dos
teorías no son del todo opuestas ni del todo sinónimas, juntas complementan la
teoría económica y gracias a el nacimiento de las dos como resultado de un
asunto que soslayó la teoría económica clásica, podemos ahora manejar nuestras economías
en tiempos de crisis y tener mucho cuidado con la cantidad de dinero que
circula en la economía.
Adrián
Jiménez
Bibliografía.
La
teoría general de la ocupación el interés y el dinero - John Maynard Keynes.
Fondo de cultura económica. Prólogos.
Principios
de Economía (Sexta Edición) - Gregory Mankiw
50
cosas que hay que saber sobre economía - Edmund Conway. Cap. 8, 9 y 10.
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