Con miras a
aprender un poco más de Keynes se puede señalar que hasta la década de los 30,
la totalidad del cuerpo teórico de la ciencia económica dominante se
concentraba en el estudio de las decisiones individuales de productores y
consumidores, es decir, en lo que hoy conocemos como microeconomía. Como vimos,
las principales conclusiones del análisis micro suponen la imposibilidad de
existencia de desempleo en el mercado de trabajo, así como de la persistencia
de excesos de oferta o demanda en el mercado de bienes, siempre y cuando los
mercados actúen competitivamente. De ocurrir esto último los ajustes
automáticos de precios y cantidades transadas eliminarán cualquier
desequilibrio y devolverán al mercado a la situación donde se verifica la
compatibilidad de planes de todos los agentes.
No obstante la
teoría económica se vio enfrentada con la necesidad de tomar también en cuenta
las medidas agregadas de la economía, debido a que la decisión de un empresario
sobre cuánto producir incidirá directamente sobre el nivel de producto total y
por tanto, sobre el nivel de empleo existente. Considerado aisladamente, el
análisis de las decisiones individuales no era del todo útil para explicar los
fenómenos que ocurrían más allá de las mismas.
Luego de plantear
sus críticas a los postulados neoclásicos, Keynes plantea en el capítulo 3 de
su Teoría General –el cual oficia como resumen de los contenidos del total de
su obra, un punto de inflexión entre lo que hoy conocemos como microeconomía y
macroeconomía.
En una época en
que el desempleo era muy elevado resultaba imposible alegar que las decisiones
racionales tomadas por los empresarios conducirían directamente al pleno
empleo. Era imprescindible explicar las razones de la alta desocupación y la
persistente recesión, lo cual es un problema típico de la actual teoría
macroeconómica. La particularidad de la teoría keynesiana radica en atender
este problema macroeconómico a partir de las decisiones tomadas a nivel
microeconómico.
Así pues la
emergencia de Keynes, visible en su propuesta contra cíclica, encuentra su
puerta de acceso en el ambiente de la Gran Depresión, y corresponde a uno de
los más intensos momentos de la reflexividad, de la relación entre pensamiento
y realidad, con la que se planteó, cuatro años antes de la aparición de la
Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, una nueva dimensión de
la gestión económica gubernamental:
“... la intervención directa del Estado para promover
y subvencionar nuevas inversiones. Antiguamente no se consideraba adecuado que
el Estado se endeudara para llevar a cabo otros gastos que no fueran los propios
de la guerra, por lo que con frecuencia había que esperar a una guerra para
poner fin a una depresión importante. Espero que en el futuro no mantengamos
esa actitud financiera purista y que estemos dispuestos a gastar en empresas
pacíficas lo que las máximas financieras del pasado sólo nos permitían gastar
en la devastación de la guerra. ¡En cualquier caso, afirmo con seguridad
absoluta que lo único que podemos hacer es descubrir alguna excusa que aun las
cabezas huecas consideren legítima para incrementar ampliamente el gasto!...”
(Keynes, 1932).
Y fue así como la
dinámica de la crisis, a partir de las indiscutibles demostraciones de progreso
económico, cuando los beneficios superan sensiblemente a los costos, se hace
visible con la aparición de aquello que, en la opinión del propio Keynes
significaba (y significa) lo peor; la
deflación, que es el momento en el que los costos superan a los beneficios, con
lo que desaparecen los verdaderos incentivos para invertir, y que, de manera
suplementaria, se acompaña de los problemas derivados de la asimetría y de la
inoportunidad. Hay asimetría en el hecho que hace de la caída de los precios de
alimentos y materias primas básicas (agropecuarias y mineras) un fenómeno mucho
más apresurado, y de más lenta recuperación, que lo que puede observarse en la
industria; hay, también, asimetría entre las variaciones de los precios y la
recuperación de las industrias productoras de bienes de consumo y de bienes de
capital, a favor, (si así se puede decir) de las últimas. La comprensión de lo
que Keynes llamó su método, permite comprender, también, la inutilidad de
enfrentar a la deflación y a la depresión resultante, con las llamadas
soluciones de mercado de la sabiduría económica convencional. Ni la reducción
de la oferta, en el propósito de elevar los precios, ni la reducción salarial,
en el de reducir los costos, podrán producir efectos plausibles en un ambiente
general de reducción del consumo o, lo que tiene el mismo resultado práctico,
de mantenimiento del consumo con arreglo a un tipo de crédito impagable. La
insolvencia, ya como imposibilidad de gasto presente, ya como imposibilidad de
pago futuro del crédito con el que se financia el consumo presente, aparece
como el más serio síntoma de la depresión y su inquietante tendencia.
En conclusión para
Keynes, que construye su método como un sistema económico de tres variables
independientes, (la propensión marginal a consumir, la eficacia marginal del
capital y la tasa de interés) que determinan a dos dependientes (el nivel de
ingreso y el volumen de ocupación), la verdadera determinación del ciclo
económico, la que marca el ritmo, proviene de la inversión, misma que conforma
el uso menos estable del ingreso y que no se ve incentivada (lo que hoy es
totalmente evidente) por el bajo precio del dinero (bajas tasas de interés), cuya
abundancia, manipulada o no, zozobra en la trampa de liquidez, sino por el
incremento de la demanda efectiva o demanda agregada (demanda de bienes de
consumo, de bienes intermedios y de bienes de inversión), que en ambientes
deprimidos, de rentismo financiero y de déficit fiscal cero, deja de cumplir su
encomienda, como la más general falla de mercado.
Referencias
Pigou, A. ; “La teoría general de Keynes”, Ariel,
(1968)
Keynes, J. M. (1986): “Teoría general de la ocupación, el interés y
el dinero”, México, FCE.
Keynes, J. M. (abril de
1932). «The Dilemma of Modern Socialism»
[El Dilema del Socialismo Moderno].
Por: Diego Fernando
Palacios Oviedo
No hay comentarios.:
Publicar un comentario